Había una vez…

Había una vez un ministro sonriente, al que la vida y los números favorecían. En su país era todo tan lindo que la inflación resultaba saludable pues solo molestaba a las fracciones de clase media alta y no a los pobres que allí vivían. Con desparpajo hacía declaraciones al pie de su motocicleta y por las noches militaba a través de su peña, comulgando allí con las más altas autoridades de la esfera política.

Los meses pasaban, y la inflación subía, la indigencia crecía sostenidamente y un día se encontró con que los índices no eran como él creía y que en las villas miserias y barrios pobres a la gente se le complicaba cada vez más el vivir.

En las viviendas ubicadas en estos magros asentamientos, los costos por alquiler habían aumentado a un escalofriante 97,4 % y, en todas ellas, las carencias de distintos servicios progresaban según la ocasión. Falta de redes cloacales, de aguas corrientes o servicio de red de gas estaban a la orden del día.

La suba en los alimentos básicos, como la carne, leche, verduras y pan también complicaban a los dilatados bolsillos de los habitantes de aquél mágico lugar, que gastaban todos sus recursos en proveerse de dichos bienes para posponer la vestimenta, educación, higiene y techo de su descendencia.

Los cuentos que leíamos de pequeños finalizaban de manera feliz, los protagonistas comían perdices para siempre. Hoy, ni la perdiz está garantizada y hay muchos que tienen que salir a hurgar en la basura. Aunque lo fuercen, ni la gente del gobierno puede hacer terminar bien esta historia.

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